Pedro Gómez Romero
Nuestro planeta Tierra sólo es azul cuando le da el sol. Desde, digamos, la estación espacial internacional, su lado diurno se ve brillar en tonos que hacen honor al calificativo que algunos de sus más amantes defensores usaron para describirlo. El Planeta Azul de Félix Rodríguez de la Fuente y sus amigos se nos presenta como una espectacular geosfera a la que le ha crecido una complejísima y fascinante biosfera húmeda entre el cielo y la tierra. Y sin embargo, cuando la estación orbital se oculta del sol en la única sombra posible, cuando se adentra en el lado nocturno de la Tierra, nuestro planeta adquiere de repente otra dimensión. De noche, si las nubes no lo impiden, la negra superficie se ve salpicada de minúsculos puntos de luz, curiosamente mucho más abundantes en el Hemisferio con vistas a la estrella Polar que en el que mira a la Cruz del Sur. De noche, nuestro Planeta Azul se convierte en el Planeta Árbol de Navidad.

Las luces de nuestras hogueras tecnológicas
son visibles para cualquier transeúnte espacial, y si se mira con
otros ojos, sensibles por ejemplo a las ondas de radio, el brillo es todavía
mayor. Basta un rápido barrido de frecuencias con cualquier viejo
transistor para convencernos de que nuestra atmósfera exhala un
flujo inconmensurable de señales de humo electromagnéticas.
Y es que nuestro Planeta Azul ha gestado una especie que se llama a sí
misma inteligente y que está en el origen del crecimiento de estructuras
y sistemas nunca vistos en nuestro sistema solar. A la Tierra le ha crecido
una tecnosfera.
Nuestra capacidad tecnológica, nuestra herencia cultural, marcan
diferencias evidentes entre nuestra especie favorita y el resto. Pero esencialmente,
en el origen, lo que verdaderamente nos diferencia de forma radical es
nuestro uso de la energía. No es que las demás no consuman.
Cualquier ser vivo, desde una ameba unicelular hasta una ballena azul,
mantiene su orden biológico interno gracias al consumo de energía,
energía somática que alimenta los engranajes de complejos
metabolismos y ecosistemas enteros, una energía que como sabemos
procede en última instancia del sol. Pero los sapiens somos la única
especie que ha aprendido a hacer uso de fuentes externas de energía
adicional para mantener funciones sociales, ajenas a nuestros metabolismos
biológicos, funciones como el transporte y la manufactura, la comunicación
y la defensa que han ido creciendo en complejidad hasta conformar un verdadero
metabolismo social. Mantener la estructura y el funcionamiento de este
sociometabolismo cuesta enormes cantidades de energía. Muchas, muchas
kilocalorías de una energía que llamamos exosomática.
Nuestro consumo de energía exosomática
ha cambiado a lo largo de las eras, pero nunca ha sido mayor que ahora.
Todo empezó con la adopción del fuego, que acabó convirtiéndose
en control. Un control que permitió a nuestros ancestros dejar de
ser comida y convertirse en especie depredadora de recursos, un control
que modificó su dieta y les permitió expandir su descendencia
y poblar regiones inhóspitas Pero la sociedad del fuego lo empleó
durante milenios más como un elemento cotidiano, ritual o de fabricación
(bronces, cerámicas) que como verdadera fuente de energía
exosomática. La fuerza del propio músculo primero, del de
otros animales después y posteriormente la energía de vientos
y aguas en molinos y velas impulsaron el transporte, el comercio y la producción
desde que el homo fue sapiens hasta el siglo XVIII. Efectivamente, decenas
de miles de generaciones humanas pasaron literalmente la antorcha del control
del fuego con muy pocas modificaciones. Hasta que hace tan sólo
nueve o diez generaciones, cuando los tatarabuelos de nuestros tatarabuelos
compartieron el mundo con un tal James Watt, que había reinventado
una máquina de vapor diseñada por un tal Newcomen, todo cambió.
La primera revolución industrial arrancó una espiral de alimentación
mutua entre extracción de recursos, producción, transporte
y consumo energético que no ha cesado hasta nuestros días.
Consumo social de energía exosomática Fuente: G. Tyler Miller Jr. “Living in the Environment” 11th Ed. Brooks/Cole, 2000 |
Lo que sí ha cambiado es el combustible que alimenta nuestro metabolismo social. A la madera pura y dura siguió el carbón, de sorprendente poder calorífico; motor de fábricas, forjador de hierros y aceros, y origen de una espectacular proliferación de chimeneas industriales, ingeniosos inventos de los sapiens para delegar en los cielos la tarea de eliminar los humos indeseados. Pero después de un siglo de quemar los residuos del carbonífero, un nuevo combustible iba a cambiar, otra vez, el panorama energético de nuestro planeta. Porque en 1859, en el mismo año en que Charles Darwin publicó “El Origen de las Especies a Través de la Selección Natural”, un coronel de nombre Drake perforó en Pennsylvania el primer pozo petrolífero. Si el carbón había impulsado la revolución industrial en el siglo XIX, el petróleo iba a tomar el relevo para hacer del siglo XX el siglo de los cambios globales. Si una minería del carbón pujante había sido la marca de los estados dominantes del XIX, la industria del petróleo iba a ungir a las multinacionales hegemónicas del XX. La industria del oro negro iba a alimentar y a alimentarse del concepto Ford-T y la producción en cadena, de dos guerras mundiales y una fría, del turismo de masas y la sociedad de consumo. Como resultado, los privilegiados por haber nacido consumidores gastamos y dilapidamos hoy más energía exosomática que nunca, y lo hacemos a un ritmo creciente. Una situación verdaderamente insostenible.
Y ¿de dónde procede toda esa energía? Del
sol, naturalmente. Del sol que brilló durante los 60 Millones de
años del periodo carbonífero, hace 300 millones de años,
en el caso del carbón, y del sol que brilló hace 10-200 Millones
de años en el caso del petróleo y el gas natural. Plantas
gigantes en el primer caso y microorganismos marinos en el segundo tuvieron
a bien fijar el CO2 de aquellos aires en sus biológicos tejidos
gracias a un sol prácticamente inmutado desde entonces. De forma
que nuestra estirpe de revolucionarios industriales y post-industriales
está convirtiendo en humo su capital de combustibles fósiles.
Capital, que no renta, dada la dimensión geológica de sus
plazos. Se trata de un verdadero capital, de un recurso valioso, con el
que se podrían fabricar innumerables productos químicos y
farmacéuticos, polímeros y plásticos, pavimentos o
pistas de tenis – y ésta es sólo una lista de ejemplos que
empiezan por la p – Quemar combustibles fósiles es como quemar los
muebles de nuestra casa. Y los de la de nuestros hijos.
Contra nuestra adicción a quemar fósiles deberían
jugar también los factores medioambientales, que incluyen aspectos
de escala global y con efectos a medio y largo plazo, tales como
el aumento del dióxido de carbono atmosférico y el calentamiento
global [1], pero también aspectos inmediatos y urgentes como la
contaminación urbana de nuestros coches con chimenea, la lluvia
ácida, las mareas negras o la contaminación social que suponen
las guerras petro-preventivas.
Pero es que además ya todos sabemos que el petróleo y
los demás combustibles fósiles son recursos limitados y se
acabarán. El petróleo será el primero. Pero no hará
falta que se acabe para que notemos su falta. Será suficiente con
alcanzar el ineludible punto de producción máxima, más
allá del cual nos será imposible extraerlo al ritmo creciente
al que estamos acostumbrados. En ese momento aún quedará
más o menos la mitad de las reservas totales de crudo, es decir,
tanto petróleo por quemar como el quemado desde 1859. Pero llegado
ese punto, las inexorables leyes de nuestro propio mercado pasarán
factura. El petróleo barato pasará a la historia, y si para
entonces seguimos empeñados en necesitarlo al ritmo creciente acostumbrado,
entonces sufriremos una crisis energética de verdad, no como la
de 1973, basada en puros movimientos especulativos de los países
productores, sino una crisis con mayúsculas debida a una verdadera
y definitiva escasez de nuestro negro néctar.
La producción de crudo en los EEUU (arriba) alcanzó su máximo en 1970, siguiendo las predicciones. Cuando la producción mundial alcance el suyo se habrá acabado para siempre el petróleo barato (Courtesy: Science, vol. 281, Aug. 21,1998, p.1128; C. Campbell & J. Laherrere) |
La pregunta no es si llegaremos o no a ese punto, sino cuándo
llegaremos. Un punto de producción máxima es una característica
de todo recurso finito y el momento en el que se alcanza depende de las
existencias totales, una magnitud que en el caso de los combustibles fósiles
no conocemos a ciencia cierta pero que diversas fuentes intentan estimar.
Y aquí es donde llegan las discrepancias, porque dependiendo de
a quién preguntemos las cifras cambian. Podemos elegir entre las
predicciones de las multinacionales petroleras que aseguran que nuestro
planeta nos tiene guardado petróleo para los próximos cien
años, sin entrar en escabrosos detalles de puntos de producción
máxima, y las predicciones de un grupo de geólogos independientes,
que trabajaron para esas mismas multinacionales, quienes afirman que ese
punto crítico está probablemente más cerca de lo que
creemos.
En todo caso, el momento de preocuparse y actuar es ahora. Porque el
problema es extremadamente complejo y no admite soluciones improvisadas.
Y porque, ahora mismo, con nuestro flamante siglo XXI recién nacido
no tenemos la solución para alimentar su desarrollo. Se empieza
a hablar del hidrógeno como panacea, pero, a diferencia del oxígeno,
el hidrógeno no crece en los árboles y necesitamos fuentes
primarias de energía para producirlo. Hay quienes apuestan por volver
a potenciar la energía nuclear de fisión como alternativa
al petróleo. Al fin y al cabo se alimentaría de uranio y
no produciría gases de efecto invernadero. Pero apostar por una
alternativa que genera residuos radiactivos que tardan cientos o miles
de años en perder parte de su actividad parece demencial, y eso
sin contar los riesgos de catástrofes, que en los tiempos que corren
podrían ser debidas antes a beligerancias terroristas que a negligencias
como la de Chernobil. Cambiando el petróleo por nucleares podríamos
pasar a la historia como la generación que, después de haber
dilapidado su herencia milenaria de fósiles combustibles hipotecó
el futuro de sus descendientes con basura radiactiva. Finalmente, la energía
de fusión guarda muchas promesas, pero en un horizonte lejano.
La solución próxima tiene que venir de otro sitio. Y
si observamos sin prejuicios el funcionamiento de nuestro planeta azul,
si analizamos desde lejos, como si fuésemos extraterrestres, las
pautas de nuestra madre Gaia, podríamos extraer alguna pista. Como
por ejemplo la energía verde que la nutre y los ciclos que la mantienen.
Hemos aprendido que nuestro planeta funciona con ciclos y nos estamos iniciando
en nuestro propio reciclaje. Un número creciente de empresas comienzan
a valorar los ciclos integrales y ven oportunidades de negocio en usar
como materias primas lo que otras industrias consideran desechos. La eficiencia
y el ahorro energético empiezan a ser parte importante de nuestra
agenda. Pero a pesar de todo nuestra tecnosfera sigue necesitando crecientes
cantidades de energía exosomática para evitar el caos.
El sol alimenta a Gaia y siempre la ha alimentado, alimenta su clima
y su biosfera. Ahora sabemos que la radiación que llega al suelo
es de unos 900 W/m2 lo que a nivel planetario equivale a unas 2.000 veces
el consumo energético mundial. También sabemos que no sabemos
cómo aprovecharla eficientemente, pero se nos da bien aprender.
También estamos empezando a comprender que nuestra esperanza es
la diversificación de fuentes energéticas y el aumento de
las fuentes renovables, solar, eólica, biomasa, hidroeléctrica…fuentes
que, en el fondo, salvo la geotérmica, tienen su origen en el sol.
Finalmente, lo más importante será darnos cuenta a tiempo
de que la energía que mueve nuestra sociedad está en transición,
de un modelo obsoleto a uno desconocido, uno por hacer, y que ahora es
el momento de crearlo. En 1999 más del 1 por ciento del PIB mundial
(413.000 millones de dólares) se gastó en publicidad.[2]
De los 10 grandes anunciantes, 4 eran empresas automovilísticas.
Nuestra sociedad sólo sobrevivirá si es capaz de reflexionar
acerca de sus verdaderas necesidades y reordenar prioridades. La historia
de la ciencia nos muestra que es posible y que los grandes descubrimientos
que han revolucionado nuestras vidas tienen su origen en pequeños
núcleos de conocimiento y centros de investigación, que sólo
necesitan algo de apoyo y un ambiente adecuado de libertad y creatividad
para dar frutos.
Y tiempo.
Ahora es el momento para sembrar lo que acabará siendo la historia
de nuestro futuro.
[1] 1999 fue el año más caluroso desde 1866, en que se
empezaron a registrar las temperaturas. Las pérdidas económicas
por desastres naturales climáticos establecieron un nuevo récord,
alcanzando los 92.000 millones de dólares, más que en toda
la década de los años ochenta. (Fuente: Informe del World
Watch Institute. año 2000)
[2] Fuente: Informe del World Watch Institute. año 2000
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